La joven dió un grito y quiso desasirse, pero no pudo.
Don Juan la retenía en sus brazos, reclinada sobre su hombro su cabeza, y lloraba.
—Apartad, señor, apartad—dijo doña Clara con voz dulce—; vuestra esposa os lo suplica.
Don Juan soltó á doña Clara, que estaba ruborosa y trémula.
—¿Es verdad que me amáis tanto?...—exclamó la joven, mirando con toda la fuerza de sus ojos negros á don Juan.
—Si no os amara, si no fuérais para mí antes que todo, ¿me hubiera casado con vos, sin pretender aclarar antes de nuestro casamiento el misterio de tal casamiento?
—Sentáos, don Juan, sentáos y escuchadme: escuchadme como si jamás me hubiérais hablado de amores, como si no fuéramos marido y mujer.
—Pero...
—Hacedme la gracia de escuchadme: bien sé que casada con vos, vuestra voluntad es para mí una ley; pero yo apelo á vuestra hidalguía; yo os pido, y os lo pido con toda mi alma, que por ahora no miréis en mí más que á doña Clara Soldevilla, no á vuestra esposa. ¿Me lo concedéis?
—Será siempre, señora, todo lo que vos queráis, menos no amaros.