—¿Qué, se encuentra en casa de mi padre?
—Allí está prestado.
—¿Queréis hacerme un favor, don Francisco?
—¿No sabéis que podéis mandarme?
—Pues bien: os mando que llevéis esta carta á donde ese sobrescrito dice.
—«Al duque de Lerma, en propia mano»—dijo Quevedo.
Y se quedó profundamente pensativo.
—¡Sé que sois enemigo de mi padre, que os pido un gran sacrificio! Pero...
—¿Me lo pagaréis?...
—Os lo... agradeceré en el alma.