—¡Iré!—dijo Quevedo, levantando la cabeza con resolución.
—¿Y no queréis saber el contenido de esta carta?
—Me importa poco.
—Podrá suceder...
—Me importa menos.
—Adiós—dijo precipitadamente la condesa.
—¿Por qué?...
—Suenan pasos, y se ven luces—dijo la de Lemos—. Si nos encontraran aquí juntos...
Quevedo apagó la luz de la condesa de un soplo, y luego sopló su linterna.
—¿Qué hacéis?—dijo la condesa, que se sintió asida por la cintura y levantada en alto.