—Desvanecerme con vos á fin de que no nos vean.
—Soltad, ó grito.
—Pueden conoceros por la voz.
—¡Traen luces y nos verán!
—Allí hay unas escaleras.
Y luego se oyó el ruido de las pisadas de Quevedo hacia un costado de la galería.
Luego no se oyó nada, sino los pasos de algunos soldados que iban á hacer el relevo de los centinelas.
Uno de ellos llevaba una linterna.
—¿Qué es esto?—dijo el sargento tropezando en un objeto—un candelero de plata con una bujía.
—Y una linterna de hierro.