—Por eso no tiene el rey que veros. Pero sí como capitán de la guardia española.
—¡Ah! ¡conque yo soy capitán!
—Tal vez después de saber quién sois, no queráis ser soldado:
—Por el contrario, señora, tengo obligación de servir al rey.
—Con tanta y tan grave cosa como me tiene en cuidado, me olvidé de daros una provisión de capitán que tengo para vos. Esperad. Voy á dárosla.
Y la joven se levantó, sacó del cajón de un mueble un papel, y le dió á don Juan.
—Esta provisión ha sido vendida y revendida—dijo el joven.
—Se ha comprado para vos.
—¿Y quién la ha comprado?
—La reina.