—Las vais á oír: en primer lugar, tomad este rizo, guardadlo.
—¡Este rizo vuestro!—exclamó el joven besándole con locura—. Pero esta joya...
—Es necesario que la dejéis en el rizo.
—La dejaré... pero tomad vos las de mi madre...
—Después, don Juan, después. ¿Queréis oírme?
—Seguid, señora.
—Cuando os pregunte alguien que por qué herísteis á don Rodrigo Calderón, inventad una mentira razonable... pero si el rey os preguntase por un acaso...
—No pienso que tenga ocasión de hablarme.
—Os engañáis; el rey tendrá ocasión de veros con mucha frecuencia.
—¿Como esposo vuestro?