Vió que aquel hombre era don Juan Téllez Girón.
Vió que doña Clara estaba negligentemente vestida, pálida, y con la palidez más hermosa, y el semblante iluminado por una ardiente expresión de felicidad.
Vió que don Juan la miraba de una manera avara, que estrechaba con delicia una de las hermosas manos de doña Clara, que antes de despedirse se miraron con una expresión de amor infinito y satisfecho, y oyó el siguiente diálogo:
—A las once volveré y me presentaré al rey contigo—dijo don Juan.
—Y el rey nos recibirá con la reina y con su servidumbre, y yo llevaré las joyas de tu madre.
—¡Adiós, mi cielo!
—Adiós, mi señor.
Aquellas dos cabezas se unieron, y sonó un doble y tierno beso.
Don Juan se rebujó en su capilla, porque hacía frío, y doña Clara cerró la puerta.
Don Juan tomó la salida de la galería, guiado por la débil luz del alba que penetraba por una claraboya.