Apenas desapareció don Juan, se lanzó en medio de la galería la Dorotea.
Siguióla don Juan de Guzmán.
El semblante de la Dorotea espantaba.
Tal representaba lo supremo del dolor, de los celos, de la rabia, de la sorpresa.
—¡Que se presentarán juntos al rey y á la reina!—exclamó con voz ronca—; ¡luego se han casado!
—Una dama tal como doña Clara Soldevilla—dijo el sargento mayor—, no podía recibir de noche en su aposento á nadie más que á su marido. Ya sabía yo que ese buen mozo os engañaba.
—¡Que me engañaba!... ¿y se ha casado con esta mujer?... pues bien... acepto lo que me habéis propuesto y os sigo.
—Ya sabía yo que habíamos de ser amigos.
—Pero salgamos pronto de aquí.
—Cubríos antes con vuestro manto; de seguro el bufón del rey ha vuelto á su aposento, no os ha encontrado, y os anda buscando como un tigre; procuremos, pues, que no nos encuentre, y aprovechemos esta hora en que aún no se ve bien claro.