—Vamos, sí, vamos; tengo impaciencia por vengarme.
Y rebozándose completamente en su manto, se asió del brazo del sargento mayor, atravesaron las galerías, bajaron una escalera y salieron por una de las puertas del alcázar recientemente abierta, dando ocasión á que dijese el portero:
—Muy temprano van de aventuras las damas de la reina.
Cuando salieron á la calle, vieron que ya era entrado el día, esto es, que se había retardado el amanecer á causa de una densa niebla, al través de la cual pasaba la lluvia.
—La niebla nos favorece—dijo el sargento mayor—; pero andemos de prisa, ya es tarde; acaban de dar las siete y media en el reloj del alcázar.
Y siguió andando á gran paso, arrastrando consigo á la Dorotea.
Pero se había engañado el sargento mayor al decir que la niebla les favorecía.
Al salir ellos, de entre el hueco de una de las pilastras de la puerta por la que habían salido, se destacó un bulto informe y se puso en su seguimiento.
Era el bufón.
Al seguir á don Juan de Guzmán y á la Dorotea, se encontró con el cocinero mayor del rey, que, pálido, lacio, mojado, á pesar del frío y de la lluvia, se dirigía en paso lento al palacio.