Tras él venían dos hombres que traían harto mohínos un pesado bulto sobre dos palos, y cariacontecidos y atormentados detrás, dos soldados de la guardia española.
Hizo el acaso que, distraídos bufón y cocinero, pensativos ambos y no habiendo podido verse á distancia á causa de la niebla, se dieran un encontrón formidable.
—¡Por mis desdichas!—exclamó al sentir el choque el cocinero mayor.
—¡Cien legiones de demonios!—exclamó el bufón.
—¡Tío Manolillo!—exclamó el cocinero acercándose á él con ansia—; Dios os envía.
—Y á vos el diablo, para que me detengáis.
—Soy el hombre más desdichado del mundo—añadió el cocinero.
—Aguantad vuestro aprieto como yo aguanto el mío; y basta de bromas y soltad, y adiós.
Y escapó.
—Hijo Marchante—dijo el cocinero mayor precipitadamente á uno de los soldados—, métete con eso en la portería del señor Machuca, y guárdalo como guardarías á su majestad, mientras yo vuelvo.