—Muy bien, señor Francisco—dijo el soldado.
Y el cocinero mayor apretó á correr tras él bufón, que apretaba tras la Dorotea y el sargento mayor.
Asióse al fin á su brazo.
—¿Qué me queréis? ¡por mi vida!—exclamó el bufón sin cesar de correr.
—Pediros consejo.
—Dádmelo y lo agradeceré.
—Me están sucediendo cosas crueles.
—A mí me pasan cruelísimas.
—Nos aconsejaremos mutuamente.
—No necesito consejos.