—¿Y nadie más?
—Nadie más que una dueña y un escudero.
—¿Y quién es esa mujer?
—Tío Manolillo, hace mucho frío, llueve, y yo no he dormido en tres noches, y si queréis que os oiga, metámonos á cubierto.
—¿Y dónde, que no perdamos de vista esa casa?
—Cabalmente frente á ella hay una taberna.
—¡Una taberna! yo tengo hambre y sed.
—Y yo también; vamos, que yo pago.
—Lo aprecio y lo recibo, porque no tengo blanca.
—Ni yo abundo mucho de dinero, porque hace dos días mis manos están hechas un río; ¡qué suerte, señor, qué suerte!