Y se encaminaron á la taberna.
Cuando entraron en ella se sentaron junto á una mesa, en un rincón obscuro, desde el cual podían ver la puerta de la casa donde habían entrado el sargento mayor y la Dorotea.
Pidieron pan, carne y vino, y se pusieron á comer y á beber vorazmente, sin dejar por ello de hablar.
—Según lo que yo he entendido—dijo el bufón—, vos tenéis la culpa de todo, señor Francisco Montiño.
—¿De qué tengo yo la culpa?
—De lo que á entrambos nos está sucediendo.
—A mí me suceden muchas cosas malas.
—A mí no me suceden menos cosas peores que las vuestras.
—¡Peores! yo no tengo mujer.
—No la habéis tenido nunca.