—Mirad á aquella esquina—. Montiño miró de una manera nerviosa.
—¿No veis allí una silla de mano?
—Sí; sí, señor.
—Esa es la silla en que se os ha de llevar, y los que están alrededor ministros del tribunal; con que ni yo puedo remediarme con el dinero que vos me daríais, ni vos libraros con vuestro dinero.
—Pero... un momento... un momento...
—Ni un instante.
—Os daré lo que queráis, si me dejáis dar una vuelta por la cocina y entrar en mi casa.
Meditó un momento el alguacil.
—Se entiende que yo iré con vos.
—Venid—dijo Montiño, disimulando su alegría porque se vió suelto.