—Vamos, pues—dijo el corchete.
Entraron en palacio, y al verse el corchete en un lugar donde no podía ser visto por los otros ministros del Santo Oficio, dijo al cocinero:
—De aquí no pasáis si no me dais lo que me habéis de dar.
—¡Asesino!—murmuró Montiño, y sacando cuatro doblones de oro los dió al corchete con el mismo dolor que si le hubiera dado un ala de su corazón.
—Esto es poco—dijo el tremendo alguacil.
—No tengo más.
—Tendréis en vuestra casa.
—Puede ser.
—Pues vamos.
Montiño se dirigió á la portería del señor Machuca y encontró en ella al soldado á quien había mandado guardar el cofre consabido, durmiendo y con la cabeza sobre el cofre.