Aldaba vió al mismo tiempo al cocinero mayor; pero sin turbarse ni asustarse se fué para él, le hizo una profunda reverencia y exclamó:

—Muchas gracias, señor Francisco, muchas gracias; no esperaba yo menos de vuestra caridad.

—¿De qué me da las gracias este tunante?—dijo el cocinero mayor todo hosco y espeluznado de indignación—; ¿quién ha permitido á este lobezno, á este hereje, á ese malhechor que entre en la cocina?

—La señora Luisa ha venido con él esta mañana, y nos había dicho que vuesa merced le perdonaba.

—¡Ah! ¡mi mujer ha venido... con éste!

El cocinero se detuvo; temió que los misterios de su familia entrasen en la cocina y bajo el dominio de oficiales, galopines y pícaros; la gente más maleante del mundo.

—Mi mujer tiene las entrañas muy blandas—dijo tragando la saliva más amarga que la hiel—; mi mujer se deja engañar de cualquiera... pero en fin, ello está hecho; mi mujer... pues... mi mujer es mi mujer. Ea, quitáos de mi vista... y á vuestro trabajo.

—Muchas gracias, señor Francisco—dijo Cosme Aldaba, porque las últimas palabras del cocinero habían sido para él un favor y un disfavor.

A seguida Montiño revisó una por una las cacerolas puestas al fuego, se enteró de todos los pormenores, y viendo que todo estaba á punto para el almuerzo y la comida de sus majestades, se escurrió hacia la puerta de la cocina, evitando el mirar al alguacil, porque se le figuraba que no viéndole tampoco el corchete le veía.

Este no dijo una palabra, pero se fué en silencio tras Montiño.