—Ya lo creo; espera á su merced el inquisidor general.
Palideció levemente Luisa.
—¿Y has estado también esta noche con el señor inquisidor general?
—Sí, hija mía, sí, y con otros señores, en gravísimos asuntos que no son para comunicados á mujeres.
—No, no; ni yo pretendo saberlos—dijo Luisa—; yo había creído...
—Has creído mal.
—Has pasado dos noches fuera de casa.
—La una yendo á cerrar los ojos á mi difunto hermano; la otra sirviendo á su majestad.
—No hablemos más de eso; yo me alegro de que mi marido sea hombre de bien.
Montiño tuvo impulsos de echarlo todo á rodar; pero era por una parte su mujer tan bonita... y, además, no quería dar al público sus asuntos domésticos, y estaba delante del alguacil.