—¿Y á qué has llevado á la cocina á ese tunante de Aldaba?—dijo el cocinero, que ante todo quería conservar delante de aquel extraño su autoridad doméstica.
—Como tú tienes tan buen corazón, y el pobre vino llorando...
—Bien, bien—dijo Montiño—; todo está muy bien: tú haces lo que quieres, porque yo te quiero. ¿Dónde están esos?
—En el cuarto de adentro.
Pasó Montiño y el inflexible alguacil tras él.
El cocinero mayor rugía ya por lo bajo; encontró á dos mozos de la casa real y al soldado.
Entonces, con una sonrisa nerviosa, abrió la puerta de aquel aposento empolvado, donde hacía tantos años no entraba nadie más que él.
—Meted eso aquí—dijo con voz ronca.
Los mozos pusieron el cofre envuelto como estaba en la parte de adentro de la puerta.
—Idos—dijo Montiño á los mozos y al soldado.