A poco un paje talludo, rubicundo, de mirada aviesa, salió.
Alejáronse por la galería, y Aldaba dijo al paje:
—Ya está el negocio... dentro de una hora; escucha bien, Cristobalillo: hay seis perdices; pero una sola está asada con aceite; ya conoces tú las perdices asadas con aceite.
—Sí, hombre, sí.
—No basta decir sí; ¿qué color tienen las perdices asadas con aceite?
—Un color así, dorado blanquizco.
—Eso es; además, y para que no te equivoques, ten presente que la perdiz estará adornada con berros, y que tendrá todas las patas y el pico.
—No se me escapará.
—Veremos si eres hombre de ingenio.
—Descuida.