—Rica es, en efecto; pero me parece que pedís mucho: en fin, lo que yo puedo hacer es enviaros... mejor... mi marido os acompañará. Melchor, lleva á ese caballero á casa del señor Gabriel Cornejo.
Levantóse renegando Melchor, acabó de tragarse los dos últimos bocados de pan y queso, bebió agua, se limpió la boca con el revés de la mano, tomó su capa y su sombrero, y dijo á su mujer.
—¿Conque á casa del señor Gabriel Cornejo?
—Sí; él os dirá, señor, cuánto puede dárseos por esta alhaja.
—Muchas gracias, señora, y adiós, y quedad en paz, que estoy de prisa.
Melchor y don Juan salieron.
Cuando estuvieron algo apartados de la casa, el escudero dijo:
—Os advierto que ese Gabriel Cornejo es un bribón, y que si queréis que os dé lo que vale la joya, será bueno que la tase un platero.
—Os agradezco el aviso. ¿Y conocéis á alguno?
—Háilos aquí á montones, en Santa Cruz.