—¡Jesús, señor! ¡apuros tenéis apenas entrado en Madrid! ¡y venís á que yo os saque de ellos! ¡si yo supiera quién quería sacarme de los míos!
—Mi apuro consiste en que, como soy nuevo en la corte, no sé dónde podré empeñar una rica alhaja.
—¡Ah!—dijo tranquilizándose la vieja—; ¡alegróme de que ese sea vuestro apuro! ¡conque ya os regalan! ¡preciso! ¡hidalgos como vos!...
—Gastan de lo que han heredado de su padre—contestó severamente don Juan.
—¡Ah! perdonad, perdonad, señor: ¿y es de mucho valor la alhaja?
—No entiendo de eso... pero yo pido por ella mil doblones.
—Rica debe ser, pero mostrad.
Sacó el joven el estuche, y del estuche la sortija.
Entonces pasó por la vieja una cosa extraña.
Se estremeció, tembló, y su pequeño ojo bizco y colorado, se puso á bailar mirando la sortija.