Y se puso en busca, y al fin, como la suerte le protegía, pudo reconocer la calle y la casa á las pocas vueltas.

Antes de entrar en ella, sacó á bulto de uno de los anchos bolsillos de sus gregüescos uno de los estuches más pequeños, y le abrió.

Contenía una gruesa sortija de oro con un grueso diamante.

—Puede que valga esta joya... pediré mil doblones, y ya veremos.

Entróse, y encontró á la señora María entregada á sus faenas domésticas, y al señor Melchor Argote sentado junto á un fuego mezquino almorzando pan y queso.

—Dios os guarde, señora—dijo don Juan entrando.

Miróle la vieja con su vista cruzada durante un segundo, y luego dijo:

—¡Jesús, buen mozo! ¡yo os daba por perdido! ¿y de dónde venís, hijo?

—Vengo á veros para que me saquéis de un apuro—dijo don Juan.

Tomó el rostro de la vieja la expresión de una innoble reserva, y contestó con voz compungida: