No tenía en Madrid casa propia, aunque había tomado posesión de dos: de la de Dorotea primero; después y de una manera más completa, de la de su mujer.

Don Juan había salido para procurarse un traje conveniente.

¿Pero dónde buscar aquel traje?

Y luego, ¿con qué dinero?

No tenía en el bolsillo más que algunos de los doblones que le había dado su supuesto tío.

Y esto no bastaba para un equipo de caballero.

Pesóle entonces de no haber tomado una buena cantidad del cofre de hierro; pero al acordarse del cofre, se acordó de que llevaba un tesoro de pedrería en los bolsillos.

—Empeñaré una de estas alhajas—se dijo—y punto concluído... pero ¿y dónde?... no sé como hacer para hallar á Quevedo, y no conozco á nadie en Madrid más que á mi tío postizo; y no me vuelvo atrás ni le pido mi dinero; es menester obrar de cierto modo con cierta clase de gentes.

Y cuando daba vueltas á su imaginación, se acordó de la señora María Suárez, la insigne esposa del bravo escudero Melchor Argote.

—¡Ah!—dijo el joven—la casa donde dormí anteanoche... paréceme aquella mujer á propósito para cualquier cosa. ¿Pero podré yo dar con la casa?...