—Sólo una persona pudiera no ultrajarme... una persona tal, que ni aun para mí pudiera pasar por galanteador.
—¿Habéis adivinado?
—No, no he adivinado; he dicho únicamente que sólo hay una persona que pudiera pretender ser mi amante sin que yo le conociera.
—Pues bien; decidme el nombre de esa persona...
—Esa persona no podía ser otra que el rey.
Miróme fijamente el cocinero mayor, con la boca abierta y los ojos espantados.
—¿No me comprometeréis—me dijo—, si os declaro la verdad?
—Os lo prometo.
—¿Seréis prudente?
—Sí.