—¡Oh, ya lo veremos!
—No me ocultes nada.
—¿Y cómo? ¿Qué soy yo sin ti?
—Don Rodrigo es lo que más nos conviene.
—Serviré á don Rodrigo. Creo que este asunto esté concluído; y ahora recuerdo que me han dicho que contigo venía una mujer joven, hermosa, ricamente vestida.
—Sí, muy hermosa y muy joven—dijo el sargento mayor apretando el gesto y retorciéndose los mostachos.
—¿Y á qué traes tú esa mujer á mi casa?
—¿Qué? ¿tendrás celos?
—Pudiera tenerlos.
—Pues bien, no los tengas, porque esa muchacha es mi hija.