—¡Tu hija!
—Sí; la hija de aquella Margarita que yo robé de su casa; la hija que me quitó un hombre una noche cuando iba á dejarla en la puerta de un convento, dejándome tres puñaladas, de las cuales estuve á la muerte; la hija de quien no volví á saber, hasta que la conocí siendo á la vez querida secreta de don Rodrigo Calderón y pública del duque de Lerma. En una palabra: la comedianta Dorotea.
—¿Pero estás seguro de que no te has engañado?
—¡Si tú hubieras conocido á su madre!
—Sí; sí, ya me has dicho...
—Verla á ella, es ver á Margarita; además, yo le había hecho una señal...
—¡Una señal!
—Sí; antes de salir de la casa, para, llevarla á exponer en el cajón de San Martín, sin saber por qué, pensando no sé en qué, la señalé.
—¡Que la señalaste!
—Le arranqué un pequeño bocado de un brazo.