—¡Ah!—exclamó con disgusto doña Ana.
—Fué la manera más pronta que se me ocurrió de señalarla.
—¿Pero has visto tú esa señal?
—No; pero un día, don Rodrigo, que quiere más de lo que parece á la Dorotea, me dijo:
—Juan, yo te he hecho hombre.
—Indudablemente, señor—le contesté.
—Eres listo y astuto y parece que hueles las cosas.
—¿Qué hay que averiguar?
—Tú sabes cuánto quiero á la Dorotea.
—Sí, señor.