—Medio requiem...

—Decís bien.

—¿Quién agoniza por aquí?

Lanzó el matón una rápida mirada de soslayo al hombre que estaba en el poyo.

—¡Ah!—dijo Quevedo siguiendo también de soslayo aquella mirada—. ¿Y quién es él?

—¡Bah, don Francisco! por mucho que yo os deba, también debo mucho á don Rodrigo y...

Sonó Quevedo algunas monedas en el bolsillo, y el matón cambió de tono.

—¿Pero qué importa á vuesa merced?... ¿no ha perdido vuesa merced la afición á saberlo todo?

—Ven acá, Francisco; ven acá, á lo obscuro, hijo, que en ninguna parte se dice mejor un secreto que donde no hay luz, ni nunca toma mejor dinero quien, como tú, gastas vergüenza, que á obscuras. Ven acá, te digo, y si quieres embuchar, desembucha.

Siguió aquel hombre á Quevedo un tanto fuera de la puerta, y cuando de nadie pudieron ser vistos ni oídos, dijo Quevedo: