—El hidalgo que se esconde entre sombrero y embozo, es mucha cosa mía.

—¡Ah!¿es cosa vuestra... ese mancebo?... ¿pero cómo le ha conocido vuesa merced, si ni aun no se le ven los ojos?

—Ver claro cuando está obscuro, y desembozar tapados, son dos cosas necesarias á todo buen hidalgo cortesano; y más en estos tiempos en que es tan fácil á medio rodeo dar con la torre de Segovia; ¡hermano Juara, vomita!

—No me atrevo: don Rodrigo...

—Ni acuña mejor oro que el que yo gasto, ni usa mejor hierro que el que yo llevo.

—¡Pero don Francisco!

—O al son de mi bolsa cantas, ó si te empeñas en callar, hablan de ti mañana en la villa. Conque hijo, ¿qué quiere don Rodrigo con mi pariente?

—¿Vuestro pariente es ese mozo?

—Archinieto de una archiabuela mía, que era tan noble persona que más arriba que el suyo no hay linaje que se conozca.

—¿Me promete vuesa merced guardarme el secreto, don Francisco?