—¡Ah!—exclamó Quevedo con una expresión terrible por su horror—¡un paje!... ¡un plato!... ¡el pañuelo!...
Y soltó al bufón, que se lanzó á la puerta de la antecámara.
Los tudescos le cerraron el paso cruzando sus alabardas.
—¡Ah! ¡no me dejáis pasar!...—exclamó el bufón, y asió las alabardas con la fuerza de la zarpa de un león.
Se entabló una lucha.
Quevedo no podía llegar pronto, pero desde donde estaba gritó con la autoridad que sabía dar á su voz en las ocasiones solemnes:
—¡Dejadle pasar! ¡dejadle pasar, de orden del rey!
Al sonido de aquella voz poderosa, á la vista del hábito de Santiago, del que la pronunciaba, los tudescos dominados dejaron pasar al bufón.
Quevedo, á pesar de la deformidad de sus pies, que le impedía andar de prisa, corrió.
En la puerta de la cámara de la reina, se entabló otra lucha con los ujieres.