Al fin Quevedo gritó:
—Si estáis ahí, tío Manolillo, abrid, hermano, abrid á Quevedo.
Oyéronse violentos pasos y se abrió la puerta.
Apareció el bufón pálido y desencajado.
—¡Entrad! ¡entrad!—exclamó—; entrad y pensemos en la venganza... hoy ha amanecido un día de muerte...
—¡Tenéis sangre en las manos!—exclamó Quevedo...
—¡Es poca!—exclamó el bufón—¡es poca! ¡venid!
Y tiró de Quevedo, le llevó á lo último de su aposento, y le mostró una fuente de plata puesta sobre una mesa.
—Mirad ésto; faltan las pechugas... mirad aquéllo, y señaló en un rincón un pedazo de perdiz, junto á la cual estaba echado, impasible, un gatazo rodado.