...¡para mí! ¡para mí!
—El Chato devora cuanto halla, porque es un gato pobre, y no ha querido ese pedazo de perdiz. Los animales conocen la muerte. ¡Que Dios tenga piedad de la reina!
—¿Y qué hacer?
—¿Qué hacer?... yo no sé... ¿quién dice?... ¿quién declara?... ¡Oh! ¡no! ¡sentenciarnos á ser tenidos por cómplices, á morir deshonrados!... ¡hemos hecho cuanto podíamos hacer... y acaso... acaso nos hayamos engañado!... pero no... no... el Chato no ha comido... ¡Dios mío!...
—Sois cobarde...—exclamó Quevedo—; suceda lo que quiera, yo voy á buscar al médico de su majestad... guardad esa perdiz, guardadla; sobre todo, quitadla de esa fuente, que es de plata...
El bufón quitó los restos de la perdiz de la fuente, los echó en una escudilla, y con ellos el pedazo que había arrojado al gato.
Entre tanto, Quevedo había desaparecido.
Un paje de la reina se presentó poco después.
—Tío Manolillo—dijo—, os aconsejo que os escondáis por algún tiempo.
—Pues ¿qué pasa, hijo?—contestó dominándose el bufón.