—Que habéis dado un susto á su majestad, y no ha acabado de almorzar; se ha dejado casi todo lo que tenía en el plato cuando entrásteis vos.
—¿Pechugas de perdiz?...
—Eso es... ¡una perdiz que olía tan bien!... me la he comido, tío.
—¿Cómo te llamas, hijo?
—Gonzalo.
—¿Y te has comido la perdiz que quedaba en el plato de la reina?
—Sí... al salir... no me veían...
—¿Y quedaba mucho?...
—Casi una pechuga... y me ha hecho mal... ya se ve... ¡comí tan de prisa, porque no me vieran!
El paje, en efecto, empezaba á ponerse pálido.