—Pero... me olvidaba... esta carta no puede ir sin otra suya, y él no ha venido.
En aquel momento entró en el cuarto una dama de la reina que venía de ceremonia.
—¡Ah, doña María!—exclamó la joven.
—Vengo, doña Clara, primero á daros la enhorabuena... una triple enhorabuena... qué sé yo cuántas enhorabuenas...
—¡Oh! ¡Muchas gracias, señora! Anselmo, vete fuera. Sentáos, doña María.
—No, por cierto; estoy en el tocador de la reina y la reina me envía. Di á doña Clara Soldevilla, me dijo, que no nos haga esperar; que se vista como conviene á una recién casada que va á ser presentada con su marido á la corte y á tomar la almohada de dama de honor, mientras que su marido toma el mando de la tercera compañía de guardias españolas. He venido, pues, doña Clara, contenta porque vos debíais estarlo mucho.
—¡Oh, sí! ¡gracias á Dios!
—¿Conque casada?
—Anoche...
—¡Y no haber conocido al novio!... ¡Reservada siempre!