Y cuando don Juan la replicaba:
—¿Y si la suerte nos hubiese separado?
—No os hubiera olvidado nunca; nunca hubiera dejado de sufrir al recordaros.
Y don Juan asía la hermosa cabeza de su mujer entre sus dos manos, la besaba y exclamaba entre aquel beso:
—¡Oh, bendita seas!
No podía ser más feliz don Juan.
Y esta felicidad le había hecho grave.
Contribuían, además, á esta gravedad, un remordimiento y una aspiración.
Aquella aspiración y aquel remordimiento estaban representadas por dos mujeres.
La aspiración era por su madre.