Como el señor en su casa.
Los criados miraban á don Juan con asombro.
—Amigos míos—dijo doña Clara—, anoche, mientras vosotros dormíais, apadrinada por sus majestades, me casé con este caballero... con don Juan Téllez Girón, que siendo mi esposo y mi señor, es vuestro amo.
—Sea por muchos años—exclamó el rodrigón, que era el más viejo y el más autorizado—; que Dios haga muy felices á sus mercedes... este es el segundo casamiento que veo en la casa... cuando la señora madre de vuesa merced se casó...
—Os dió muestras del aprecio en que os tenía; yo os las daré también; ahora idos; quedáos vosotras—añadió, dirigiéndose á las doncellas—; necesito vestirme.
Los criados salieron por una puerta, y doña Clara y las doncellas por otra.
Quedóse solo el joven.
Una gravedad que hasta ahora no hemos conocido en él, había acabado por ser la expresión de su semblante.
La fortuna le sonreía; se encontraba poseedor de una mujer hermosa entre las hermosas, noble entre las nobles, dificultad viviente que había desesperado á los más peligrosos galanes de la corte; la poseía por completo; doña Clara le había dejado ver todo el tesoro de ternura y de amor de su alma, y le había dicho embriagada de no sabemos qué deleite:
—Vos habéis sido la mano que ha descorrido el velo de mi alma: os habéis presentado en tan poco tiempo delante de mí, tan hermoso primero, tan valiente, tan generoso, tan enamorado, tan noble después, que yo tengo para mí que habéis ganado bien en veinticuatro horas lo que otro no hubiera ganado tal vez en años.