La doncella salió escandalizada; doña Clara jamás había recibido visitas de hombre.
Introdujo, sin embargo, á don Juan, y salió.
Pero se quedó mirando por el quicio de la puerta y su escándalo creció cuando vió que su señora y el joven caballero se asían tiernamente de las manos, y que el caballero se atrevía á dar un beso á su señora.
—¡Oh, qué hermoso y qué gentil vienes, mi don Juan!—dijo doña Clara, mirando arrobada al joven—. Y cómo se conoce la ilustre sangre que te alienta. Yo también voy á engalanarme, á prenderme las hermosas joyas que me has regalado.
La doncella, escandalizada, se fué á decir á los demás criados, al rodrigón, á la dueña y al escudero, que su dama había recibido á solas á un caballero que la besaba, y lo que era peor, que la regalaba joyas.
Pero cuando estaba en lo más ardiente de su acusación fiscal, entró la dueña cojitranqueando, y dijo:
—Todo el mundo al cuarto de la señora.
El mundo todo aquel á que se refería la dueña, eran un rodrigón que ya conocemos, dos doncellas, dos escuderos, dos criados y un paje.
Todo el mundo entró con cuatro palmos de curiosidad en el aposento de la joven.
Don Juan estaba lisa y llanamente sentado junto al brasero y con el sombrero puesto.