—No lo sé; don Rodrigo me había dicho solamente: si sale de palacio una dama ancha de hombros, alta de pecho, gentil y garrida, manto á los ojos, y halda hasta el suelo, sigue á esa dama.

—He aquí unas señas capaces de volver el seso á Orlando Furioso. ¿Seguiste á la dama?

—Iba á hacerlo cuando llegó don Rodrigo.—¿Ha salido? me preguntó.—Sí, señor.—¿En litera?—Sí, señor.—¿Por dónde va?—Por aquella calleja se ha metido.—Don Rodrigo tira adelante y yo detrás de él; henos aquí metidos en una aventura. Llovía...

—Aventura completa.

—Estaba obscuro.

—Mejor aventura.

—Paró la litera, y salió la dama.

—¿Entróse dónde?

—Siguió adelante.

—¡Con lluvia y de noche, tapada y sola! Sigue, hijo, sigue. Cantas que encanta.