—Pero me parece que vuestra esposa se acerca.
En efecto; se levantó un tapiz y apareció doña Clara, radiante de galas y hermosura: llevaba un traje de brocado de oro sobre verde, con doble falda y con segunda falda de brocado de plata sobre blanco; en los cabellos, en la garganta, sobre el seno, en las brazos, en la cintura, llevaba un magnífico aderezo completo.
—¡Señora duquesa! ¡señor conde!—exclamó la joven dirigiéndose á ellos—¡cuánto siento haberos hecho esperar!
Pero de repente doña Clara se detuvo.
Los ojos de la duquesa de Gandía estaban fijos con espanto en ella.
Doña Juana de Velasco estaba pálida y temblaba.
—¡Qué joyas tan hermosas!—dijo—; sobre todo... ese collar de perlas... y ese relicario... perdonadme... pero quiero ver ese relicario...
La joven se acercó á la duquesa.
Doña Juana volvió el relicario.
Su mano temblaba.