—¿Quién os dado esas joyas?—dijo en voz baja y rápida á doña Clara.
—Mi marido, señora—contestó en voz muy baja y profundamente conmovida doña Clara.
—¿Y sabe vuestro marido?... ¿sabéis vos?...
—Sí; sabemos que por estas joyas puede conocer á su madre.
—¡Ah!—exclamó la duquesa dando un grito, y retirándose bruscamente de doña Clara.
—¿Qué es eso, mi buena duquesa?—dijo con gran interés el conde de Olivares.
—Nada, no es nada; es un accidente que padezco... caballero—añadió dirigiéndose á Juan—, ¿queréis darme vuestro brazo?... apenas puedo sostenerme... y sus majestades esperan.
—¡Ah! señora—contestó don Juan turbado y conmovido, porque el acento de la duquesa había cambiado enteramente para él.
Y la dió el brazo.
Temblaba tanto don Juan, como la duquesa de Gandía.