—Pues que paren la litera.

—Pero yo no os entiendo—dijo don Juan.

—Entiéndome yo; vóime donde iba, y adiós.

Y abrió la portezuela.

—Para—dijo al lacayo.

La litera paró, salió Quevedo, se embozó en su capa y echó á andar.

Cerró don Juan la portezuela, y la litera siguió.

Quevedo, pisando lodos, atravesó con pena algunas calles, se detuvo en una, en la de Fuencarral, delante de una gran casa y se entró.

Poco después, una doncella decía á la condesa de Lemos:

—¡Don Francisco de Quevedo!