—Sí por cierto, sé...

Y Quevedo se detuvo.

—Sí, sabe que la duquesa de Gandía es... tu madre...

—¿Os ha dicho acaso mi padre?...

—Sí, sí... vuestro padre... eso es...—dijo Quevedo, que no quería que don Juan supiese que el tío Manolillo conocía aquel secreto.

—Mi padre ha hecho mal...—dijo don Juan.

—¡Joven!—exclamó severamente Quevedo—; secretos hay entre vuestro padre y yo que importan tanto, como que él es el duque de Osuna, el grande Osuna, y yo soy don Francisco de Quevedo, su secretario; y si yo no fuera secretario de secretos, no secretearía, y si el duque no tuviera secretos, no me tendría por secretario, y, por último, tan duque soy yo, como el duque es Quevedo, y Dios dirá y ya veremos, y pasemos á otra cosa. ¿Cómo está su majestad la reina?

—Buena y contenta—contestó doña Clara.

—¿Y no está pálida?

—Nunca ha tenido más hermosos colores.