Don Juan abrió la portezuela.

—¿Es decir, que quepo?—dijo don Francisco de Quevedo.

—Donde quiera que estemos nosotros, cabéis vos; pero entrad, que llueve.

—Desde que llegué á Madrid, que fué el mismo día que llegásteis vos—dijo Quevedo entrando—, no ha cesado ni un punto de llover; hambre tengo de cielo, y hambre de que no me lluevan desdichas; lastimado ando, y espantado y sin sueño aunque no duermo. ¿A dónde vais?

—Casa de la duquesa de Gandía.

—¿Vais casa... de la duquesa?...—dijo Quevedo con acento hueco á doña Clara.

—Yo no he tenido la culpa—dijo la joven.

—¡Cómo! ¿de qué no has tenido tú la culpa, Clara mía?—dijo don Juan.

—Don Francisco lo sabe todo.

—¡Cómo! ¡sabéis!...