CAPÍTULO L
DE CÓMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO QUISO DAR PUNTO Á UNO DE SUS ASUNTOS
Cumpliendo lo que había prometido á la duquesa, don Juan y doña Clara salieron una hora después del alcázar en una litera.
Era la litera enorme.
Los esposos iban sentados en el testero; los asientos delanteros iban vacíos.
Entrambos iban silenciosos y pensativos.
De repente una voz muy conocida, dijo al lacayo que guiaba á la mula delantera:
—¡Eh, conductor de venturas! ¡para, para, que la desdicha te lo manda!
El lacayo paró.
Una cabeza asomó á la portezuela, y una mano tocó á los cristales.