—¿Por mal nacida os tenéis?

—Mal nace quien nace para penar.

—Penárais más á mi lado; escorpión nací... hortiga crezco... hiel lloro... ponzoña respiro. Maldición debo de tener encima, que si escribo muelo, si obro rajo... donde piso no nace hierba. Pidiera á Dios razones, si Dios con su lengua muda no me las diera, y paciencia si ya no tuviera callos en el alma. Cansado estoy de vivir, y tengo para mí que de cansado, sin haberme muerto, hiedo, y que se me puede sacar por el olor á poco que se me trate. Tomad á sueño lo que ha pasado, señora, como yo lo tomo á locura y maldición mía, y entendedme y no me digáis que no os amo, que al revés de otros, mi amor os pruebo cuando de vos me aparto, y con esto, dejadme que mi barca fabrique, que la tormenta arrecía y el puerto está lejos, y no por mí, sino por otros, á piloto me meto. Dadme, pues, papel, no lloréis, que tragos de hiel son para mí vuestras lágrimas, y si me provocáis á beberlas, matáranme, porque olvidaré mi propósito y todo se llevará el diablo y no hay para qué tanto.

—¡Pluguiera á Dios que nunca hubiérais venido!—dijo la de Lemos levantándose y sacando papel de un cajón.

—Pecados ajenos me trajeron, y pecados ajenos me llevan, como si no bastaran y aun sobraran para llevarme y traerme mis pecados propios. Y Dios os lo pague por el papel, y dadme licencia para que escriba.

La condesa no contestó; fuése al hueco del un balcón y se puso á llorar de espaldas á Quevedo.

Quevedo escribía entre tanto al duque de Osuna lo siguiente:

«Señor:

»Con ansias os escribo, y bien podéis creerlo cuando yo lo afirmo, que ya sabéis que en lo de garlar soy duro, y no se me pone tan fácilmente en el ansia. Pero tal se ensaña conmigo mi suerte pecadora, que tengo para mí que tendré que irme á un desierto, y aun allí, ya que no haga daño á las gentes, se lo haré á las piedras. Víneme á Madrid desde San Marcos, no sin algún escrúpulo é inapetencia, porque no ha habido vez en que yo haya vuelto á Madrid desde que salí de él á aventuras, que no me haya sucedido una desventura. Apenas llegado, topéme con vuestro hijo, y halléle ya tan enredado y tan en palacio metido y á tanto puesto, que me entró miedo de si podría desatollarlo, y esta es la hora, en que no sólo desatollarlo no he podido, sino que con él atollado me veo, y eso que aún no hace tres días cabales que entrambos estamos en la corte; tal turbión de enredos ha caído sobre nosotros, que estoy enredado y aun con telarañas en los ojos, y tan pegajosas y tales, que por más que restrego no aprovecha. Punzó el mozo, y de tal manera, que de la punzadura anda Calderón en un grito, boca arriba en el lecho, con un ojal en el costado que por poco es de pasión, lo que dudo mucho que llegue á ser de escarmiento. Salvóse por la caía la reina, que no menos que la reina anda en el lance, pero fué salvación de comedia de sustos, que no se sale de un peligro sino para caer en otro. El malaventurado cocinero del rey, hermano del fingido padre de nuestro mozo, se ha encontrado cogido por los enredos, y como es de pasta quebradiza y cicatera, ha cantado de plano, y vuestro hijo sabe quién es su padre y sábelo la corte, y sábelo todo el mundo, y lo único que ha sucedido á derechas y de lo que me alegro, porque el mancebo parece nacido con buena ventura, anoche le casó la reina con la hija del coronel Ignacio Soldevilla, que por ahí anda á las órdenes de vuecencia en los tercios de Nápoles. Y lo que más de espantar es, que siendo ella una dama de acero, donde se han mellado hasta ahora los dardos de Cupido (quiero decir, el diablo), es cera para su esposo, y le ama como si de encargo hubiera nacido para amarle, y está loca y encariñada con él, y él no acertando á mirar ni á ver más que á su doña Clara. ¡Vive Dios que los chicos me dan envidia, y que será gran lástima que tanta miel se acibare! Gran parte para evitar esta desdicha, será el apartar de la corte al recién casado, y que vuecencia le ponga bajo su mano, y nos marchemos de aquí todos; que vos, señor, lo conseguiréis con escribirle, y él se apresurará á obedeceros, que en cuanto á mí, he hecho cuanto he podido, metiéndome por sacarle de donde yo por mi voluntad no me hubiera metido. Pero me descuaderno y me voy de un lado para otro, y no puedo más, y á vuecencia recurro. Venga la orden por la posta, y cuanto antes logre yo poder decir á vuecencia lo que no es para escrito, sino para relatado, y aun así en voz baja y á puerta cerrada. Réstame por deciros, que el mozo es un oro, que si su sangre pudiese honrarse, la honraría, y que es gran pena, que en vez de ser hijo á trasmano, no lo fuese de mi señora la duquesa doña Catalina. Y como me tarda que ésta llegue á manos de vuecencia, abrevio el tiempo poniendo punto final.—Guarde Dios á vuecencia.

Don Francisco de Quevedo.»