Plegó esta carta, la cerró, y se fué hacia doña Catalina.
—¿Lloráis?—la dijo.
—¿No os basta que os esconda mis lágrimas—dijo la condesa—, sino que venís á buscarlas?
—Ellas me ahogan y ellas me dan vida. Llorado me vea por vos, yo, á quien no llorará nadie, y quiera Dios que por vuestro recuerdo, salgan de mi pecho las lágrimas que me hinchan.
—¿Pero no volveréis?
—No.
—Pues... adiós...
—Adiós...
La condesa se quedó llorando; Quevedo salió atusándose el bigote distraído.
—Si me ama—dijo—es feliz y no hay por qué dolerse... si no me ama, otro vendrá y le enjugará los ojos.