El cocinero mayor, que tenía más de un motivo para estar triste, se puso más triste aún.
Sus monólogos fueron tomando un no sé qué de insensato.
Sus ojos miraban de una manera singular la compacta cerrazón del cielo, como si ella hubiera tenido una relación directa con el nublado que envolvía su alma.
Acabó por adormilarse, que no eran para menos la inacción en que se encontraba, la insistencia de un mismo pensamiento, esto es, su casa y su cocina, y el lento, contínuo, incesante rumor de la lluvia.
De repente le hizo volverse despavorido una mano que se apoyó fuertemente en su hombro.
Encontró delante de sí al padre Aliaga.
Pero no al padre Aliaga humilde, impenetrable, sencillo, sino á un varón pálido, ceñudo, cuyos ojos brillaban de una manera terrible, y tenían allá en su fondo algo que hizo temblar á Montiño.
—¿Por qué no me trajísteis anoche el cofre de que hablamos?—le dijo.
—¡Porque me lo robaron!—exclamó todo lagrimoso, asustado y empequeñecido el cocinero mayor.
—¡Que os lo robaron!