Habían dado en la imprudencia de llevar luz a la habitación, y en las vidrieras del mirador se pintaba, junto al de las otras doncellas, el bulto de Lisarda, que por ser tan semejante en el aire y en la forma de la persona a mi madre, como ya os he dicho, don Baltasar creyó, y creyéronlo los amigos que le acompañaban, que no era doncella que a mi madre en el bulto se parecía, sino que era mi madre misma la que, acompañada de sus doncellas, en el mirador estaba oyendo la música.

Esto fue bastante para que don Baltasar ardiese en esperanzas, alentase ilusiones, diese cuerpo a las soñadas venturas de su deseo, y se creyese ya en posesión de un tesoro que no podía ser suyo, sino a costa de la vergüenza, de la traición, del perjurio y de la infamia de mi madre.

¡Pero a qué locuras no lleva la sombra de una esperanza a un enamorado! Don Baltasar encontró llano lo que había creído insuperable, fácil lo imposible, próximo lo que nunca podía llegar, trocado en ventura lo que antes sólo había sido para él angustias y desvelos, y desesperación y lágrimas, que a tanto puede llegar un error creído verdad por el deseo. ¿Pues cómo a ese cruel enemigo de mi madre y mío, no se le representó que una señora tan de tal nobleza y tal y tan grande crianza como lo era mi madre, no podía dar en la liviandad de asistir a una música que un mal respetador de su honra la daba, en sus miradores, y dejándose ver, y aun no sola, sino acompañada de sus doncellas, como para hacerlas testigos de su desvergüenza? Fue así, sin embargo, y bastante necio don Baltasar para creer en tales increíbles disparates; y alentado por este error suyo, y creyéndose amado, o, cuando no, en camino de serlo, arrojose al otro día a sobornar y corromper a uno de los criados, y a fuerza de dádivas y promesas consiguió que aquel mal servidor consintiese en tomar una carta que le dio para su señora; carta que fue a dar por desdicha en las manos de Lisarda, que no se la dio a mi madre, que si se la diera, en aquel punto hubiera terminado la historia.

Tomó para sí Lisarda la carta, y se la acreció la afición que ya tenía en su alma por don Baltasar desde que le había oído cantar amorosísimamente versos que todo eran flores, estrellas, cielos, suspiros, desvelos, congojas y volcanes; y leyendo en la carta, que con mil encendidas palabras de amor don Baltasar agradecía a mi madre el que hubiese salido a los miradores a oír la música, cayó en la cuenta del error en que don Baltasar había dado trastrocándola con su señora, y el diablo la puso en la tentación de contestar manteniendo el engaño, que en un punto la afición que por don Baltasar se la había entrado en el alma la hizo perder la timidez de su honestidad, y dio lecciones a su inexperiencia (que el amor es un gran maestro de atrevimientos desdichados), para responder de tal manera a don Baltasar, que éste creyó que no otra que mi madre era la que a su carta respondía, y con esto su amor dio ya en los últimos increíbles disparates de la locura; de modo que si llena de ternezas y encarecimientos estaba la primera carta que Lisarda había leído, la segunda acabó con los últimos restos de su virtud, apenas combatida cuando rendida, y se determinó a la más negra de las traiciones que pueden, no digo ya cometerse, pero ni aun pensarse.

Contestó Lisarda a aquella segunda carta, siempre con el nombre de mi madre, suplicando a don Baltasar no la diese más músicas, que escandalizarían sin duda alguna a la vecindad, y que era mejor, por lo que a su recato convenía, fuese a hablar con ella, ya muy vencida la noche, por una reja oscura, escondida bajo unos soportales que a una callejuela excusada daban.

Vio con esto el cielo abierto don Baltasar, y avanzando viento en popa por el dulce mar de su amor y de su deseo la nave de sus esperanzas, acudió a la siguiente noche a la reja, donde acabó de perderse en su error, y de perder a mi madre, la inocente, que un tal engaño y una tal traición había de pagar tan caros; y no pasando mucho tiempo, porque la infame Lisarda, oyendo con demasiada facilidad y ansioso deseo los consejos de su lascivia, no tardó en franquear un postigo, que por un zaguán a una oscura sala baja daba, al enamorado don Baltasar.

Temía Lisarda que si él la conocía, en aquel punto se acabasen sus amores, y por esto recibíale siempre a oscuras y a pretexto de vergüenza impedíale la reconociese, y el engaño duraba, y la honra de mi madre andaba ya por calles y plazas; porque don Baltasar dijo primero el secreto de su dicha a un su amigo, encareciéndole lo guardase, y este otro lo dijo también muy en secreto a otro muy su amigo, y así, de amigo en amigo y encargándose el secreto todos, todo el mundo vino a creer en lo que no era más que un tejido de infames mentiras, en las que, sin embargo, se creía a causa de las apariencias; porque algunos que habían dudado, siguieron a don Baltasar, yo no sé si por un honrado celo de la honra de mi madre, o si por celos de la dicha de don Baltasar; y vieron, en efecto, que éste entraba en casa de mi madre por un postigo a trasmano, muy después de la media noche, y que no salía sino muy poco antes de la alborada.

Sucedió, al fin, que, por desdicha, estas cosas que de mi madre se decían, llegaron a oídos de un pariente de mi padre, que tenía un oficio de alcalde en Sevilla; y digo por desdicha, pues cuando este pariente nuestro supo lo que de mi madre se contaba, ya mi madre estaba próxima a su alumbramiento, que cuando hubiera sobrevenido se hubiera sabido por la solemnidad de mi bautizo, que no podía menos de ser solemne, siendo yo hija de un general de las galeras del rey; don Baltasar hubiera caído de su engaño, y no hubiera podido menos de reconocer que la liviana que desde hacía poco tiempo le concedía sus favores, no era mi madre ni podía serlo, lo cual le hubiera movido tal vez a restaurar a mi madre en su honra.

No lo quiso así Dios; porque nuestro pariente, cuando supo lo que de mi madre se decía, siguió una y otra noche a don Baltasar, y las dos le vio entrar por un postigo de mi casa ya bien adelante la media noche, y no salir sino a la proximidad del día.

Dio con esto por cierto lo que se decía de mi madre, y no queriendo quitar a mi padre el propio desagravio de su honra, escribiole, y de tal manera, que mi padre, sin pedir la licencia al rey para dejar la conducta de las galeras con las cuales estaba en las costas de Nápoles, tomó postas para España, y se vino por tierra, temeroso de que la instable mar le dilatase el triste y horrendo logro de la venganza de su honra, que debía ser para él la muerte del dolor y de la pesadumbre de la infamia.