Llegó mi padre a los pocos días y reventando caballos a Sevilla, una noche, antes de que se cerrasen las puertas, y encubriéndose con las sombras, fue a esconderse casa de su pariente, de quien mientras llegaba la hora de ir a vengar su honra, oyó la triste relación de su desdicha, y como al acabarse esta tocasen a maitines unas monjas que en la vecindad había, y fuese ya la hora, ambos, mi padre y su pariente, bien embozados y apercibidos, fueron a adelantar a don Baltasar, que nunca iba sino muy pasada la media noche.
Antes de que él llegase llegaron, y ocultáronse en un soportal, amparados de la oscuridad, y allí esperaron con el oído en el silencio y las convulsas manos en las espadas.
No hay que pensar por esto que se prevenían a ser dos contra uno, que ni para el castigo de un infame agravio puede el honrado valerse de ventajas contra su enemigo, sino que a don Baltasar acompañaba un criado que se quedaba fuera, y necesario era prevenirse contra este hombre, que podría muy bien ayudar a su amo.
Pasó así largo tiempo, y de tal manera, que mi padre y su pariente creyeron que por aquella noche se les escapaba la venganza.
La tardanza de don Baltasar era porque él no entraba nunca en la callejuela donde estaban los soportales y el postigo, sino después de haber visto el resplandor de una luz, desde la calle del Hombre de Piedra, en los vidrios de una ventana de la parte principal de la casa, cuya seña hacía Lisarda para que él supiese que podía ir sin cuidado; y aquella noche Lisarda no había hecho la seña a la hora de costumbre, porque en aquella hora estaba yo viniendo al mundo, y ella estaba junto a mi madre.
En este punto se detuvo la hermosa indiana, y dijo a Miguel de Cervantes:
—Perdonadme, señor mío, si aquí suspendo la relación de las desdichas de mi familia, que con mis propias desdichas se han continuado, que el corazón me va doliendo, más de lo que resistir al dolor puedo, al recordarlas, y harto tiempo tenemos para que yo dé fin y remate al cuento de mis desventuras; y porque estoy más de lo que puedo sufrirlo fatigada, y de todo punto me es necesario el reposo, yo os ruego me deis licencia para llamar a mi doncella Florela, a fin de que os lleve adonde podáis acabar de pasar la noche seguro, que mañana sabremos lo que haya de vuestro negocio, y si estáis en peligro o no lo estáis, y lo que en todo caso haya necesidad de hacer.
Conocía Cervantes que a poco que él hiciese, doña Guiomar no llamaría a su doncella; antes bien dejaría con mucha voluntad venir el día, entretenida con él en blanda y amorosa plática; no lo hizo, empero, porque para primera vista ya había alcanzado más favores que los que él se había atrevido a desear; que tal era la grandeza del enamoramiento en que por aquella hermosísima señora suya se encontraba, que a sueño y fingimiento de su deseo tenía el encontrarse a solas con ella y a sus pies, y asiéndola las manos, y gozando de la luz de sus ojos, que no encubrían el contento del alma, y encantado con la dulzura de su voz, que de ángel, más que de mujer le parecía.
Así pues, vino en lo que doña Guiomar quería sin quererlo, más por miramiento a su recato que por voluntad, y habiendo ella llamado a Florela, él se fue con ella, dejando a doña Guiomar confusa y sobresaltada con aquella aventura, que tan sin esperarlo ella la había llevado la ventura de sus amores, o tal vez el principio de otras más grandes y más dolorosas desventuras.