VI
En que se contiene una carta de Cervantes para doña Guiomar, y se sabe a lo que Florela se aventuró por servir a su señora.
No dice la historia si los amantes descansaron lo que quedaba de noche, que no era mucho por ser verano, pero sí que cuando al alba fue Florela a despertar a su señora como de costumbre para que fuese a misa, encontrola ya vestida, señal de que el lecho se la había hecho enojoso, y tan hermosa con las suaves ojeras y con la melancolía que mostraba su semblante, que deidad más que mujer parecía.
Preguntó con desmayada y dulce voz a su doncella si había visto señales, al pasar por el aposento del escondido, de que éste hubiese despertado; y Florela no supo qué decir, sino que debía de dormir el buen soldado, porque cuando ella pasaba por la puerta del aposento, adonde pocas horas antes le había conducido, escuchado había un cierto ruido, que si no se parecía al roncar de una persona que está en siete sueños, no sabía ella a lo que se parecía.
Suspiró la bella indiana, porque se la representó que aquella tranquilidad de sueño no convenía, como ella hubiese querido, con las congojas y con la inquietud, de ella no conocidas hasta entonces, que de sus ojos habían ahuyentado el sueño; y acordándose de que le había encontrado dormido antes, cuando fue a sacarle del cuarto en que le había encerrado para ir a hablar con el familiar del Santo Oficio, se la apretó el corazón, y sobresaltose su vanidad, y fue necesario que se acordase de las amorosas razones y de las encendidas miradas de su amado, para que en alguna manera se la endulzase el amargor que en su alma había sentido.
Mandó a Florela hiciese salir a algún criado a inquirir si en la calle había alguna novedad, o persona apostada o en espera que a corchete o alguacil o cosa de justicia se pareciese, y cuando supo que el barrio estaba tranquilo y que en diez calles a la redonda no había ni aun olor de gente de justicia, alegrose, o más bien, aunque ella quiso no conocerlo y se engañó a sí misma, contristose, porque mejor hubiera querido tener una excusa para que de su casa no saliese Miguel de Cervantes por aquel día.
—Ahora bien, Florela amiga,—dijo a su doncella;—yo te ruego guardes el secreto de lo que sabes, ya que sabes bien que yo no he buscado la ocasión en que me he visto, y por estar tú allí detrás de las cortinas, como yo te mandé, a solas no he estado con ese hidalgo, y bien has podido oír lo que hemos hablado.
—Eso no, señora,—contestó Florela,—porque sin ser yo poderosa a evitarlo, por más que procuré resistirlo, cogiome el sueño, y de tal manera, que bien puedo jurar que ni aun entre sueños he oído nada.
—¡Válgate Dios por sueño, Florela!—exclamó doña Guiomar toda encendida y confusa, por las imaginaciones en que a causa de su sueño podía dar su criada;—¿y para qué había yo de haberte mandado que detrás de las cortinas te sentaras, sino para que fueras testimonio a ti misma de lo honesto de mi conversación con ese hidalgo? Anda, anda, Florela, y dile que ya puede salir sin temor, y sácale tú misma por el postigo del huerto antes de que venga el día más claro, y que Dios le ayude, y a El plegue que no vuelva, que estoy sintiendo barruntos de que no le he conocido sino para mi desdicha.
Volvió a poco Florela toda sobresaltada, diciendo: